Amor y fugacidad en la media 2.0 – El hook Up

Los seres humanos somos criaturas de hábitos, formamos costumbres que describen patrones a lo largo de todas las cosas que hacemos, nos vemos convidados a comulgar de las ideas y conductas que imperan a nuestro alrededor. Nos estimula repetir un patrón que hallamos encontrado para operar de manera más o menos eficiente en cualquier rol. El problema con la repetición mecánica que implica la rutina es que invita al sueño; a la enajenación. Nos vuelve autómatas operando de manera mecánica. La rutina nos apaga, porque no invita a la novedad y nos deja esta sensación de un eterno retorno en nuestros días.

El estilo de vida que llevamos hoy en día nos mantiene pensando, especulando, en relación a la larga lista de cosas por hacer cada día, el dinero que se necesita, en el éxito.

En el hombre moderno sólo dos miedos imperan, el miedo al fracaso y el miedo a la muerte y esto último está en un segundo lugar. Pasamos los días pensando, proyectando sobre conseguir más, vivimos permanentemente en el más y más y con esto permanecemos en una mentalidad de carencia, como si algo nos faltara a todos, pero estas metas y éxitos conseguidos no terminan por llenar nuestro vacío, de saciar nuestra hambre y nuestra sed. ¿Será entonces que estamos dando el alimento equivocado a esto que somos?.

Actualmente, para nuestra generación, la seguridad se antepone a cualquier cosa. La acción mecánica del pensamiento; al estar centrado en uno mismo, en donde lo único que impera es la satisfacción personal, genera una forma de funcionamiento egocéntrico, donde el otro no importa ni sus necesidades cuentan. Esta forma de funcionar no permite conectar con el otro a través de sus necesidades. Una forma de salir de si por un momento y contener al otro en su propia necesidad se muestra imposible.

De repente, estos patrones empiezan a saltar a la vista aquí y allá. Revelándose como un fenómeno que deriva de sus causas,cargado con una génesis. Los patrones comienzan a aparecer frente a ti. Sin duda, la forma en que nos sentimos cambia la forma en la que actuamos. Como humanos compartimos razas, compartimos ideas, compartimos un alma y sus enfermedades. Este sentir de vacuidad que parece tocarnos a todos se deja ver en muchas de las conductas que mueven nuestro modus operandi. La falta de conexión con nosotros mismos deriva en falta de conexión con los demás.

En un época en que las telecomunicaciones parecen haber acabado con los límites de la comunicación. Un mundo que coexiste con una realidad alterna generada por las redes digitales. Un mundo hiperconectado es al mismo tiempo un tiempo y una época en donde todos parecemos estar más solos. Tal vez por esto en los últimos 45 años las tasas de suicidio han aumentado en 60% a nivel mundial.

Esa incapacidad para conectar con otros se deja ver en una costumbre propia de los Millenians, esta generación de tecno-nacidos, nativos digitales. Me refiero al Hook up, una práctica sexual que se esboza un antes y después desde la llamada revolución sexual a principios de los 60.

Esta generación nace y crece en medio de los cambios filosóficos que caracterizaron al Liberalismo no sólo en la economía sino en la vida social y cultural. Esta misma corriente de pensamiento que defiende las iniciativas individuales y limita la intervención del estado; que promueve las libertades civiles y levanta la voz a favor de la libre experimentación en el ejercicio de las libertades en la vida privada de los individuos se antoja un cambio de todas las características de los babyboomers de la post-guerra.

Si eres un hombre o una mujer recientemente soltera, es probable que te sientas a la deriva en medio de un juego en el que las reglas del cortejo han cambiado. Somos la cultura del microondas, de la iconicidad, vivimos en un entorno sobre estimulado donde miles de mensajes publicitarios compiten por nuestra atención. La velocidad forma parte de nuestras vidas, la prefabricación propia de nuestra era altamente industrial nos hace verlo todo como un objeto de consumo, cuya existencia resalta sólo por su capacidad para satisfacer un deseo igualmente nacido de la publicidad como fábrica de ensueños y nuevas necesidades. Un deseo tan caprichoso como fugaz.

Una generación que se desarrolla entre la doble vida que proponen las redes sociales.Una existencia física, terrena, limitada a las personas que las casualidades permiten formar parte de nuestras vidas. Un mundo inconmensurable gracias a las cualidades tan subjetivas de su apreciación y un mundo métrico, que funciona al segundo sobre kilo bites  de contenido generado, tus fans, tus likes. Filtros de colores y efectos para tus memorias, un mundo en donde su capacidad para ahorrar tu tiempo es la virtud más buscada. Este mundo genera un loop, una onda de retroalimentación que nos recrea como creadores de su contenido.

Esta generación vive al vuelo como el conejo blanco de Alicia. La idea romántica de conocer a alguien, dejarte seducir y seducir, dejar que la relación vaya cuajando hasta pasar a una amistad sexualmente contenida y así hasta una relación de pareja aparece como un atavismo obsoleto y un tramite indeseable para la generación de la inmediatez. Para la generación de los millenians el sexo está desvinculado de la moral. Ha sido reducido hasta sus bases como un aspecto puramente biológico de la condición humana. Como diría Nietzsche: “Dios ha muerto”. Con el se cayeron todos los espíritus que moraban las grutas donde vivían nuestras virtudes. Con él murió eso de trascendental que otorgábamos con esa espiritualidad con que rodeabamos el sexo.

Esta generación lleva en boca la libertad propia del liberalismo que los parió. El sexo es sólo una herramienta más de exploración de los horizontes que componen su vida privada, sienten que tienen el derecho a vivirlo y disfrutarlo según sus propias normas, en el consenso de dos (o más ) individuos en igual uso de sus derechos civiles y bajo la construcción propia de la verdad que dirige sus realidades. No aceptan que nadie les imponga algún canon basado en un consenso moral o tradicional.Esto, es de muy mal gusto para esta generación que lo percibe como un fastidio costumbrista.

Uno de los detonantes ha sido la entrada de la pornografía en la cultura mainstream. Su salida de la clandestinidad y el contacto cada vez más directo con el público de cualquier edad. Muestra de ello es como la industria musical, cinematográfica y la publicidad misma se alimentan con los códigos estéticos de la pornografía para llamar la atención de su público objetivo. Entre gimnasios abarrotados y hacks de belleza cada vez mejores; pareciera ser que nuestro ideal es transformarnos en la fantasía erótica de alguien más. El máximo logro de nuestra vejez es llegar con las tetas paradas aún y más cabello en nuestras cabezas que en nuestra espalda.

En un mundo en que nuestro entorno visual eclosiona en una miríada de formas nuevas de estimular nuestros deseos, llega un momento en que la idea de comprometernos con la estabilidad se antoja imposible frente a tanto cambio. Donde lo único permanente es el cambio declaramos que sólo importa el aquí y el ahora. Con esto no dejamos de enmascarar con bellas filosofías nuestra alma voluble al darnos cuenta de que nos pasaremos el resto de la días siendo tentados a desear a alguien más que no es la persona que decidimos para compartir la vida.

Para la generación de los millenians, el vivir entre reality shows y las noticias de moda sobre el nuevo color de pelo de tal o cual estrella los transforma en nadies. Estamos disueltos entre la muchedumbre siendo apenas notados por otros que como nosotros van con la mirada en la pantalla del celular. Dentro de esta enajenación el otro es una chispa de fantasía, un trending, un cuerpo prestado para el deshaogo de nuestra tensión. Es un bostezo de todo este aburrimiento. Con el estanque lleno de peces, nada vale la pena luchar, todo está prefabricado, nuestras relaciones son un objeto de consumo, engullimos al otro con hambre genital y nada rebasa el manto de vulgaridad que entrega la vida cotidiana, nuestros agarres de una noche, o un par tal vez, durarán tan sólo mientras se sostengan de nuestras veleidades y se irán con la próxima ola que a su vez… traerá su propia espuma.

28/06/15

Por: Juan Silva & Feliz